Ese olor que anticipa la llegada a la panadería, luego marca el camino de retorno mientras la nariz se guinda del 'humito', y al llegar a la mesa el pan ocupa siempre el lugar del centro.
Nos recuerda las manos tibias de la abuela, una tarde de primos, una casa cálida y un pan que se reparte, que se comparte porque pocas veces el pan es cosa individual.
Cuando huele a pan caliente, hay mantequilla y seguro también nostalgia, el olor abraza como una madre, reconforta y acaricia.
Hacer pan es conocer la receta del cariño, del consuelo y de la solidaridad.
¡Provecho comensales!

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